20 de marzo de 2011

Y si no hubiera tortugas marinas?




O dicho más claramente, ¿qué sucedería si permitimos que se extingan? Sin duda es una respuesta compleja y difícil de entender, sobre todo cuando en todos lados escuchamos la ya tristemente célebre frase de “hay muchas, nunca se van a acabar…” y nos enfrentamos con una egoísta forma humana de ver la vida y a nuestro planeta.  
¿Son necesarias las tortugas?

Es, en general, aceptado el que las tortugas son importantes; ya sea por el mantenimiento de la biodiversidad, por la antigua relación cultural que tenemos con ellas o, simplemente, por ser organismos carismáticos. La realidad es que las tortugas forman parte de un ecosistema que apenas comenzamos a comprender, y la presencia o ausencia de una especie puede causar un caótico resultado, debido a las complejas relaciones que ligan a todos y cada uno de los organismos que nos rodean.
Las tortugas marinas alteran su hábitat naturalmente, y por millones de años han sido parte de la conformación, mantenimiento y evolución de los ambientes en que los humanos aparecimos. Esto es comparable con las sabanas africanas, donde los animales que pastorean y hasta los insectos que se alimentan de los desechos de estos miles de animales, mantienen un ecosistema saludable. Los ambientes afectados por las tortugas se inician con las playas donde nacen. Se ha calculado que cada año, al anidar las tortugas remueven miles de toneladas de arena, lo que permite que esta sea más saludable y soporte a más animales; además de la cantidad de energía que sus huevos significan en la cadena alimenticia. En pocas palabras, son el eslabón entre el intercambio de energía entre el océano y la tierra, transportando anualmente miles de toneladas de materia orgánica, fósforo y nitrógeno, que son nutrientes esenciales para la vida.
¿Cuál es su papel en el ecosistema?
La mayor interacción entre una especie y su ambiente es a través de la alimentación. Los servicios ecológicos de las tortugas marinas son múltiples. Su sistema de alimentación permite trasladar grandes cantidades de energía (carbono) a zonas profundas, mediante el consumo de organismos abundantes en aguas superficiales y contribuyendo enormemente al ciclo de carbono en los océanos. Algunas especies se alimentan de pastos o animales que de no comerlas, invadirían como plaga los arrecifes y paulatinamente los matarían. No es necesaria mucha imaginación para entender el caos ecológico que esto significaría.
Si consideramos el ciclo de anidación de las tortugas marinas –en el entendido que salen a la playa a depositar sus huevos y que de sus nidos nacerán cientos de tortuguitas- se puede resaltar que en la naturaleza (y sin la intervención humana) existen animales como mapaches, coatíes y zorros que descubren los huevos y los comen, dejando restos que son alimento de infinidad de aves, cangrejos e insectos. Aquellos nidos que sobreviven, nacerán y, en su camino al mar, las pequeñas tortuguitas son nuevamente presa de gran variedad de mamíferos, aves y peces. Para algunas especies, la temporada de anidación y nacimiento de tortugas representa una fuente adicional de energía y disponibilidad de alimento que coincide con su época de reproducción, por lo que sus crías tendrían igualmente mayores posibilidades de sobrevivir.
Toda esta depredación natural de huevos y tortugas ya es un “costo calculado” por las tortugas, y por ello es que compensan esa pérdida depositando tantos y tantos huevos. Esta estrategia reproductiva les ha permitido sobrevivir por miles de años sin prácticamente cambio alguno, y debemos recordar que su situación actual es por causas humanas, como la depredación excesiva, destrucción de hábitat y contaminación. Desafortunadamente, y como dice el dicho, aquí pagan justos por pecadores, debido a que las especies animales que dependen de las tortugas están sufriendo los efectos de la disminución de las poblaciones de tortugas marinas en el mundo entero.
¿Cuántas son suficientes… o demasiadas?
Actualmente existe sólo una especie que ha mostrado una recuperación satisfactoria de su población: la tortuga golfina. Sin embargo, las demás especies continúan en un grave riesgo de desaparecer si no se detiene su captura ilegal e incidental. Es muy común escuchar a los pescadores asegurar que “ya hay muchas” o que inclusive son demasiadas.
Los primeros relatos durante el descubrimiento de América narran que era tal la cantidad de tortugas en las costas que a los barcos se les dificultaba navegar y que se podía ir a tierra caminando sobre ellas. Ciertamente resulta ser un relato un tanto inverosímil, pero no lo resulta tanto si consideramos que en algunas playas oaxaqueñas pueden salir en un solo día más de ¡30 mil tortugas a desovar!  
Actualmente, resulta imposible saber a ciencia cierta en cuántas playas del mundo ocurría este fenómeno en el pasado, dado que las tortugas han sido explotadas por el ser humano desde sus orígenes, pero ciertamente los científicos estiman que la población de tortuga golfina (la más abundante del planeta) no ha llegado si quiera a la mitad de su población original.
El valor de las tortugas
El ser humano tiene la costumbre de valorar económicamente todo lo que nos rodea, poniéndole precio para destacar el verdadero valor que cualquier elemento (vivo o muerto) tiene para la humanidad. Paradójicamente, este valor que el hombre le dio a las tortugas fue lo que las orilló a la extinción y que ahora las intenta rescatar y recuperar sus poblaciones, sin considerar su verdadero valor ambiental por los importantes servicios “invisibles” que nos prestan.
Si los seres humanos fuéramos más justos y le diéramos el valor real que merece a cada uno de los componentes de la naturaleza, seguramente se podría decir que nuestro futuro está “hipotecado”, y la naturaleza se cobrará las cuentas pendientes con intereses moratorios… 
Aún estamos a tiempo de actuar y cambiar nuestra forma de ver la naturaleza. Comencemos dándole el valor que se merecen todos y cada uno de los bichos que diariamente intentamos ignorar, pero que por alguna secreta razón fueron creados.

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